lunes, 19 de enero de 2009

Montesquieu ha muerto



La pasada semana vino a visitarnos a Génova una delegación de la provincia china de Jiangxi, encabezada por la secretaria general del partido comunista (cuál si no...) a quien acompañaban cinco hombres trajeados y muertos de frío por la nevada que cubría ese día Madrid. La reunión se había solicitado la semana anterior para conocer el funcionamiento de una organización política de ámbito regional en España y fue larga y cordial. A un lado de la mesa, los representantes del PP de Madrid, al otro los de la "pequeña" región de 40 millones de habitantes. En mi intervención destaqué la importancia de que los jóvenes seamos la vanguardia de los partidos políticos, los más inconformistas, los más beligerantes en la defensa de la libertad... Silencio sepulcral al lado visitante de la mesa.

Como para cambiar de tema, la intérprete transmitió a su jefa que además yo era el diputado que llevaba los asuntos de Justicia, a lo que la secretaria general cumplimentó diciendo que estaba deseando hablar sobre nuestro sistema judicial. Y sin dejar tiempo a la traducción espetó la primera pregunta: ¿a los jueces en España los nombra el parlamento o el gobierno? Después de mi explicación sobre la separación de poderes, la independencia judicial y el acceso a la carrera por oposición, la líder comunista, sorprendida, preguntó quién gobernaba entonces la Justicia. El Consejo General del Poder Judicial, contesté con aplomo. ¿Y eso a quién responde, quién lo nombra? - inquirió a través de la amable traductora, que daba tregua a su hieratismo con una pícara sonrisa. Entonces el silencio inundó nuestro lado de la mesa.

Ciertamente, es lamentable la frágil independencia del Poder Judicial en España. Prueba de ello son espectáculos tan bochornosos como la bronca pública de la vicepresidenta del gobierno a la presidenta del Tribunal Constitucional, o las amenazas del ministro del ramo (nunca mejor dicho) de modificar el sistema de acceso a la carrera judicial, volviendo al feudalismo judicial y el cuarto turno a dedo. No es de recibo que en nuestro país se hable de magistrados progresistas o conservadores, de mayorías o minorías, de bloqueos o de vetos. Es impresentable que dependiendo de la composición de un tribunal se pueda intuir de antemano el sentido de una sentencia, o el tiempo que transcurrirá hasta que se dicte. A la Justicia se la representa ciega por algo. Cuando levanta la venda para mirar quién está sentado a cada lado, pierde su esencia, deja de ser Justicia. Por eso se debe respetar su independencia, se debe despolitizar por completo para que nadie pueda intervenir en ella, se esté o no se esté de acuerdo con sus decisiones. Y sobre todo, se debe reformar de una vez la Ley Orgánica del Poder Judicial para que el gobierno de los jueces no lo pacte nadie de fuera, sino que lo elijan los propios jueces. Así era hasta el rodillo de la reforma del año 85 en la que el PSOE se empeñó también en controlar las togas. Ya lo dijo Alfonso Guerra, Montesquieu ha muerto.